Parodia pacifista
«No en mi nombre» es el
lema escogido para la manifestación convocada en protesta por la intervención
militar en los territorios ocupados en Siria e Irak para combatir al ISIS o
Daesh, a la que han evidenciado su apoyo algunos cargos políticos y profesionales
de la cultura haciendo valer su notoriedad. Probablemente su apoyo será un
estímulo para que la concentración sea más multitudinaria.
La convocatoria, abogando
por una resolución pacífica del conflicto, que en estos momentos parece muy
alejada de poder producirse, es digna de respeto. Exponer el rechazo al
belicismo y proclamar la paz son objetivos loables que merecen ser expresados
por aquellos que se sienten sensibilizados por estos acontecimientos, dentro de
los cauces exigibles a cualquier acto de protesta ciudadana.
Pero el anhelo por la paz
no se acaba con la exteriorización de un clamor popular, el lanzamiento de
palomas blancas, enviar mensajes ligados a un globo o exhibir símbolos alegóricos. Es
bueno pedir la paz, pero mejor aún ser hombres y mujeres de paz que colaboran a
que su entorno habitual sea más amable. El reto que nos concierne a todos es
ser sembradores de paz.
Por eso me sorprenden
actitudes de algunos personajes que reclaman la paz y procuran que
su presencia en la manifestación sea visible, que compatibilizan esta escenificación con la justificación de la violencia física, verbal o mediática
en otros escenarios. Algunos ejemplos: insultos y amenazas en redes sociales,
mofas corrosivas, difamaciones, calumnias, escraches, ocupaciones de fincas,
robos y destrozos en comercios…
El pacifismo es atractivo, vende
bien, pero cuando se queda exclusivamente en un gesto para salir en la foto y
vender una imagen que no se corresponde con el espíritu que guía la vida
ordinaria, es tan solo ‘postureo’, una expresión hueca, sin consistencia.
Construir la paz es afirmar
la convivencia.
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