divendres, 20 de novembre del 2015

Elogio del pacífico

Una actitud, no una ideología

Tras los atentados de París y las medidas tomadas por el gobierno francés, se han alzado voces que de nuevo entonan el eslogan “no a la guerra”. Una opinión respetable siempre y cuando vaya acompañada de una coherencia de vida en la que al mismo tiempo que se enarbola la bandera el pacifismo, se ejemplariza la actitud pacífica en la vida cotidiana, no usando ni justificando en ningún caso la violencia física, psíquica, verbal o mediática.

Buscaba argumentos para diferenciar el pacifismo ideológico de la actitud pacífica cuando me he topado con un fragmento estimulante en el libro Mesa redonda con Dios del periodista y escritor, declarado beato por la Iglesia Católica, Manuel Lozano Garrido (Lolo), en la que nos habla de los pacíficos. Lo considero un texto de gran belleza en el que nos dibuja las pautas sobre las que ir depositando los sentimientos de paz que anidan en cada uno de nosotros para que se vean reflejados en la vida ordinaria:

 “Pacifico es el que sonríe ocho horas detrás de una ventanilla y, también, cuando los niños le rozan con el balón el pernil de los pantalones; el que valora la remuneración de su sudor y se conforma con lo justo, y el que a su vez cotiza con holgura el de los que le fabrican las mercancías.
Pacíficos son los que se sacan del pecho su gavilla de ternura, de ocurrencias de Gila, de palabras de algodón o de ganas de hacer algo por los otros y lo van desparramando por la acera o la oficina, como una lluvia de «confetti».
Pacíficos son los que con la mágica varita de la caridad piden y consiguen que pongan las bombillas del barrio O que arreglen las zanjas; los que renuncian a la ambición para que su parte ponga a ras el desnivel de ricos y pobres.
Pacíficos son los que echan el brazo por el hombro y dicen: «¿Qué pasa, Fulano?», dan cigarrillos sin cortarles la cabeza cobrándose en amistad, no son concejales y se preocupan de que lean los analfabetos, blanquean a gusto la fachada, buscan trabajo y arreglan papeles para sanatorios y pensiones.
Pacíficos son los que se callan cuando le zurran a su equipo y reconocen la labor de los volantes del contrario, ven a otro un traje o unos zapatos bonitos y se lo dicen, el jefe que encaja la indicación correcta de su error y todos los que usan en el trato una coletilla de «gracias».
Pacíficos son los que no ven al boche, mameluco, o mister en el alemán, francés o extranjero, sino hermanos de corazón, criaturas de la única patria que crearon Tus manos.
Los pacíficos, por último, son tus soldados, los comandos de esa guerra al revés, como un calcetín vuelto que es tu cruzada de mansedumbre, esa tan buena, tan bienaventurada, tan escalofriante como es verte a Ti siempre por la calle y sentir que nos hablas sencillamente como se nos dirigen los guardias de la circulación o el que pide lumbre para el cigarro, pero con mucho amor, con una inefable delicia en los labios.
Cristo: mantennos la paz, danos la paz, concédenos la locura de la paz. Aunque me digan pesado te repetiré lo de la paz, la paz, la paz, como un tartamudo de la misericordia. Ea, ya lo sabes, la paz, paz…»”*


* Manuel Lozano Garrido (Lolo) - Mesa redonda con Dios (1963) – Edibesa (2001) – Colección: Vida y misión nº 77 - Con gafas de sol. El avispero. Páginas 161-162



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