Una actitud, no una ideología
Tras los atentados de París y las medidas
tomadas por el gobierno francés, se han alzado voces que de nuevo entonan el
eslogan “no a la guerra”. Una opinión respetable siempre y cuando vaya
acompañada de una coherencia de vida en la que al mismo tiempo que se enarbola
la bandera el pacifismo, se ejemplariza la actitud pacífica en la vida
cotidiana, no usando ni justificando en ningún caso la violencia física,
psíquica, verbal o mediática.
Buscaba argumentos para diferenciar el
pacifismo ideológico de la actitud pacífica cuando me he topado con un
fragmento estimulante en el libro Mesa
redonda con Dios del periodista y escritor, declarado beato por la Iglesia
Católica, Manuel Lozano Garrido (Lolo), en la que nos habla de los pacíficos.
Lo considero un texto de gran belleza en el que nos dibuja las pautas sobre
las que ir depositando los sentimientos de paz que anidan en cada uno de
nosotros para que se vean reflejados en la vida ordinaria:
Pacíficos son los que se sacan del pecho su
gavilla de ternura, de ocurrencias de Gila, de palabras de algodón o de ganas
de hacer algo por los otros y lo van desparramando por la acera o la oficina,
como una lluvia de «confetti».
Pacíficos son los que con la mágica varita de
la caridad piden y consiguen que pongan las bombillas del barrio O que arreglen
las zanjas; los que renuncian a la ambición para que su parte ponga a ras el
desnivel de ricos y pobres.
Pacíficos son los que echan el brazo por el
hombro y dicen: «¿Qué pasa, Fulano?», dan cigarrillos sin cortarles la cabeza
cobrándose en amistad, no son concejales y se preocupan de que lean los
analfabetos, blanquean a gusto la fachada, buscan trabajo y arreglan papeles
para sanatorios y pensiones.
Pacíficos son los que se callan cuando le
zurran a su equipo y reconocen la labor de los volantes del contrario, ven a
otro un traje o unos zapatos bonitos y se lo dicen, el jefe que encaja la
indicación correcta de su error y todos los que usan en el trato una coletilla
de «gracias».
Pacíficos son los que no ven al boche,
mameluco, o mister en el alemán, francés o extranjero, sino hermanos de
corazón, criaturas de la única patria que crearon Tus manos.
Los pacíficos, por último, son tus soldados,
los comandos de esa guerra al revés, como un calcetín vuelto que es tu cruzada
de mansedumbre, esa tan buena, tan bienaventurada, tan escalofriante como es
verte a Ti siempre por la calle y sentir que nos hablas sencillamente como se
nos dirigen los guardias de la circulación o el que pide lumbre para el
cigarro, pero con mucho amor, con una inefable delicia en los labios.
Cristo: mantennos la paz, danos la paz,
concédenos la locura de la paz. Aunque me digan pesado te repetiré lo de la
paz, la paz, la paz, como un tartamudo de la misericordia. Ea, ya lo sabes, la
paz, paz…»”*
* Manuel Lozano Garrido (Lolo) - Mesa redonda con Dios (1963) – Edibesa
(2001) – Colección: Vida y misión nº 77 - Con gafas de sol. El avispero.
Páginas 161-162

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