El riesgo de una tutela excesiva
![]() |
| Gómez Marín |
En un debate en el que
se abordaba la relación libertad-seguridad, el periodista y escritor José Antonio Gómez
Marín comentó que más que de libertad
prefería hablar de libertades. Me
pareció pertinente la apreciación en dicho contexto, porque cuando se habla de libertad en singular se trata de un
concepto antropológico aplicable a cada ser humano. La RAE la define como la “facultad
natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar,
por lo que es responsable de sus actos.”
Por analogía se utiliza el
concepto libertad en el ámbito
político. Determina el marco de actuación que permite el poder político
institucional a los ciudadanos. Para distinguir las distintas manifestaciones
en las que éstos actúan o se pronuncian se añade al término un calificativo: de expresión, de asociación, de
manifestación, de prensa, política, económica, educativa, sindical… Por eso
se habla de libertades.
Los tentáculos del poder
político en los estados democráticos tienden a inmiscuirse cada vez más en la
vida de los ciudadanos. En cierta medida esta actitud esta favorecida por la
pretensión cada vez más arraigada en los ciudadanos de los países occidentales
de reclamar a la administración pública que le solucionen todos sus problemas y,
al mismo tiempo, hacerle responsable de lo que pueda incomodarles dentro de la
sociedad. Es elocuente en este sentido la expresión italiana: Piove, porco governo! Esta delegación de
responsabilidad supone, a la vez, renunciar a espacios de libertad individual, es
decir, el individuo se torna cada vez menos protagonista de lo que acontece en
su propia vida.
Dice Claudio Magris en Otro mar*: “son los esclavos quienes
presumen de derechos, quien es libre tiene deberes”. Los derechos de unos son
deberes para otros. Además si se admite que alguien tiene la potestad de
conceder derechos, le está facultando para derogarlos.
El ejercicio de la
libertad tiene sus riesgos. El uso que de ella haga cada ser humano es una
incógnita. Por ello los estados se dotan de mecanismos regulatorios para procurar
encauzar la conducta de los ciudadanos con el pretexto de beneficiar a la
comunidad.
Sin embargo, la cohesión
de una sociedad no la determina las estructuras sino los individuos que la
componen. En la medida que éstos actúen éticamente, es decir buscando el bien, la
sociedad civil será más consistente. Pero sólo pueden ser éticos los actos realizados
por seres humanos libres.
Dice el filósofo
Leonardo Polo en Quién es el hombre** que
para poder realizar lo ético el ser humano ha de ser dueño de sus actos y se cometería la mayor de las insensateces si para programar una “buena” sociedad se eliminara
la libertad. Por ello es preferible
que haya libertad, aunque la gente se porte mal, a tratar de implantar la ética
a costa de la libertad.
En las sociedades
occidentales, tan preocupadas por el bienestar que es capaz de proporcionar el
poder político (estado del bienestar), sería bueno que cada ciudadano se preguntase
hasta qué punto quiere ser tutelado por la administración pública.
*Claudio Magris: Otro mar. IV
**Leonardo Polo: Quién es el hombre (1991) - Ediciones Rialp (1991) - VI. La ética. La importancia de la libertad ética, páginas 106-108

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada