dijous, 26 de novembre del 2015

Poder político y libertad

El riesgo de una tutela excesiva

Gómez Marín
En un debate en el que se abordaba la relación libertad-seguridad, el periodista y escritor José Antonio Gómez Marín comentó que más que de libertad prefería hablar de libertades. Me pareció pertinente la apreciación en dicho contexto, porque cuando se habla de libertad en singular se trata de un concepto antropológico aplicable a cada ser humano. La RAE la define como la “facultad natural que tiene el hombre de obrar de una manera o de otra, y de no obrar, por lo que es responsable de sus actos.”

Por analogía se utiliza el concepto libertad en el ámbito político. Determina el marco de actuación que permite el poder político institucional a los ciudadanos. Para distinguir las distintas manifestaciones en las que éstos actúan o se pronuncian se añade al término un calificativo: de expresión, de asociación, de manifestación, de prensa, política, económica, educativa, sindical… Por eso se habla de libertades.

Los tentáculos del poder político en los estados democráticos tienden a inmiscuirse cada vez más en la vida de los ciudadanos. En cierta medida esta actitud esta favorecida por la pretensión cada vez más arraigada en los ciudadanos de los países occidentales de reclamar a la administración pública que le solucionen todos sus problemas y, al mismo tiempo, hacerle responsable de lo que pueda incomodarles dentro de la sociedad. Es elocuente en este sentido la expresión italiana: Piove, porco governo! Esta delegación de responsabilidad supone, a la vez, renunciar a espacios de libertad individual, es decir, el individuo se torna cada vez menos protagonista de lo que acontece en su propia vida.

Dice Claudio Magris en Otro mar*: “son los esclavos quienes presumen de derechos, quien es libre tiene deberes”. Los derechos de unos son deberes para otros. Además si se admite que alguien tiene la potestad de conceder derechos, le está facultando para derogarlos.

El ejercicio de la libertad tiene sus riesgos. El uso que de ella haga cada ser humano es una incógnita. Por ello los estados se dotan de mecanismos regulatorios para procurar encauzar la conducta de los ciudadanos con el pretexto de beneficiar a la comunidad.

Sin embargo, la cohesión de una sociedad no la determina las estructuras sino los individuos que la componen. En la medida que éstos actúen éticamente, es decir buscando el bien, la sociedad civil será más consistente. Pero sólo pueden ser éticos los actos realizados por seres humanos libres.

Dice el filósofo Leonardo Polo en Quién es el hombre** que para poder realizar lo ético el ser humano ha de ser dueño de sus actos y se cometería la mayor de las insensateces si para programar una “buena” sociedad se eliminara la libertad. Por ello es preferible que haya libertad, aunque la gente se porte mal, a tratar de implantar la ética a costa de la libertad.

En las sociedades occidentales, tan preocupadas por el bienestar que es capaz de proporcionar el poder político (estado del bienestar), sería bueno que cada ciudadano se preguntase hasta qué punto quiere ser tutelado por la administración pública.

*Claudio Magris: Otro mar. IV
**Leonardo Polo: Quién es el hombre (1991) - Ediciones Rialp (1991) - VI. La ética. La importancia de la libertad ética, páginas 106-108

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