Enviado a El Periódico de Catalunya el 7 de noviembre de 2015
La esterilidad del desprecio
En la entrevista que dio
origen a la película La silla de Fernando,
dirigida por David Trueba y Luís Alegre, el actor Fernando Fernán Gómez hablaba
de la envidia, calificada como principal defecto de los españoles. Consideraba
que no era lo que predominaba, porque para él la envidia suponía querer emular
los éxitos de otro, por ejemplo tener la capacidad de escribir El Quijote. Sin embargo, hacía hincapié
en el desprecio por la excelencia, que se traducía en menosprecio o un deseo de
que le vaya mal al que triunfa. Para él ese era el mayor defecto de los
españoles.
Siempre me había molestado
oír el desdén con que José María García trataba a algún jugador o entrenador:
“Este, a quién ha ganado o con quién ha empatado”. Esa manera de querer ser
alto a base de empequeñecer a los demás, ese aire de perdonavidas que repele. No
pongo en duda las grandes dotes periodísticas de este comunicador y quizá con esos
comentarios lograse aumentar la audiencia de su programa, aunque fuese a costa
de mermarle éticamente.
De la esterilidad de los
comentarios difamatorios también se nutren muchos colectivos. Se confunde el
amor a un lugar de nacimiento, una patria, una raza, un equipo, una entidad…
con el derecho a menospreciar a los que no comparten ese estatus. Aunque haya
culturas que lo tengan institucionalizado, el resultado no puede ser otro que
el empobrecimiento de las personas y una mella en la convivencia.
Cuando en el ámbito
político se afronta la conquista del poder como una competición y se olvida que
lo que debería prevalecer es el servicio a los ciudadanos, la convivencia y la
cohesión social se resienten. El menosprecio al adversario no engrandece y la vana
presunción de que no se puede aprender nada de él sólo es una muestra de
insolencia. Quizá algún día muchos partidos dejen de lado la altanería que les
caracteriza, miren con otros ojos a sus adversarios y aprovechen las sinergias
que puede ofrecer el debate político.
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