El poder como agencia de
colocación
Después de celebrarse las
elecciones catalanas de 2006 cabía la posibilidad de reeditar el triparto; sin
embargo la experiencia previa de la coalición había acabado con ERC fuera del
gobierno de la Generalitat presidido por Pasqual Maragall. En este escenario un
sketch de Polònia parodiaba al dirigente de ERC Carod Rovira dando razones de
peso para adherirse de nuevo a la coalición: los cargos a los que podían optar
los militantes y afines.
Muchos puestos de trabajo
cualificado en la Administración y organismos dependientes quedan a expensas de
quien detente el poder. Es comprensible que aquellos que comparten un proyecto
político y han luchado para hacerlo realidad aspiren a ocupar un cargo cuando se
presenta la oportunidad; supone en muchos casos un salto cualitativo en su estatus
social. Pero para ejercer un cargo no basta con compartir un proyecto o
sintonizar con los superiores jerárquicos, sino que se precisa disponer de la
competencia necesaria para llevarlo a cabo, es decir, formación suficiente y
capacidad de gestión. Lamentablemente en muchas ocasiones no se cumple este
requisito y la eficacia de los organismos de la Administración se resiente,
pese al buen hacer de muchos funcionarios.
Las expectativas que se
abren cuando se accede al poder suelen ser un elemento de cohesión en los
partidos y de consolidación del liderazgo, pero el respeto debido a los
ciudadanos debería ser razón suficiente para impedir conseguirlo a cualquier
precio.

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